San Jerónimo Amanalco se ubica aproximadamente a cuarenta y cinco kilómetros de distancia de la ciudad de México. A pesar de su cercanía con ésta y con el municipio de Texcoco (estado de México), del cual forma parte, esta comunidad ha sido clasificada, de acuerdo con sus características geográficas, como un pueblo perteneciente a la zona topográfica denominada sierra.
Hace algunos años, las comunidades enclavadas en esta zona mostraban rasgos típicos de algunas comunidades indígenas, como el uso de una lengua étnica, la vestimenta, los sistemas de cargos civiles y religiosos y la organización familiar. De acuerdo con los datos del Censo de Población de 1960, estudiados por Marisol Pérez Lizaur, 94% de la población de San Jerónimo, que entonces tenía alrededor de 2 010 habitantes, era bilingüe. Sin embargo, para el año 2000, la población era de 5 382, y de éstos, no más de 1 500 eran hablantes de náhuatl. Sobre los rasgos inmediatamente observables, la misma investigadora escribe:
las mujeres usan una enagua larga, blusas bordadas y cinturones que ellas mismas tejen en telares de cintura. Llevan el pelo peinado en dos grandes trenzas y, como adorno, usan pendientes y muchos collares. Los hombres y los niños visten igual que cualquier otro hombre de la llanura: pantalón, camisola, sombrero de petate y huaraches. La mayoría de las mujeres andan descalzas (Pérez Lizaur, 1975: 16).
A partir de mi primer acercamiento al pueblo, percibí diversas modificaciones que contrastaban con las descripciones que anteriormente se habían realizado sobre aquél. Incluso me encontré ante la disyuntiva de clasificar o no a San Jerónimo como una comunidad indígena, sobre todo si los jóvenes podían ser “clasificados” bajo esa denominación.
Al respecto puedo decir que, conforme fui acercándome a los habitantes del lugar, encontré entre las personas de edad avanzada un sentimiento de nostalgia por el pasado. Muchos de ellos veían en el comportamiento de los jóvenes actitudes que chocaban con las formas socioculturales en las que ellos habían desarrollado sus vidas. “Se ha perdido el respeto”, me comentaba un informante. “Los jóvenes ya no quieren saludar besando la mano; no quieren trabajar la tierra; nada más tienen dinero y ya ni le hablan a uno; se les olvida que somos familia; ya no quieren hablar mexicano, les da pena”.
Cuando escuchaba este tipo de comentarios y volvía a leer los trabajos sobre la comunidad, no podía creer que un cambio de tal magnitud hubiera tenido lugar, principalmente en el sistema cultural y social. ¿Qué fue lo que en un periodo de treinta años transformó las maneras de sociabilización de los habitantes de San Jerónimo, especialmente de los jóvenes?
Precisamente, el objetivo de este texto es mostrar aquello que, a mi parecer, constituye a los factores clave que influyeron para el cambio sociocultural de la comunidad. Considero que se trata de dos causas, principalmente: la escolarización y la construcción de carreteras.
La construcción de la escuela
En El proceso de aculturación, de Gonzalo Aguirre Beltrán, encontramos algunos datos interesantes de su propuesta integracionista, por ejemplo, la parte donde trata de la necesidad de crear “sistemas solares”, en los cuales un centro rector urbano estableciera lazos con las comunidades indígenas para ayudar a su desarrollo. A partir de este planteamiento comenzó a darse a la tarea de crear Centros Coordinadores y siguió adelante con su labor indigenista.
De alguna manera, San Jerónimo Amanalco fue y es testigo de ese proyecto desarrollista. A partir de la llegada del sistema escolarizado y de la construcción de carreteras, comienza a darse en la comunidad una transformación del sistema de vida de sus habitantes, principalmente en el desuso del náhuatl entre los más jóvenes.
Ahora bien, sin olvidar esto trataremos, en primer lugar, el sistema escolarizado. Como bien escribe Iván Illich, “tanto el pobre como el rico dependen de escuelas y hospitales que guían sus vidas, forman su visión del mundo y definen para ellos qué es legítimo y qué no lo es” (1985: 14). Considero que estas palabras exponen perfectamente la forma en que el sistema escolarizado, al ser parte de las estructuras ideológicas del Estado, genera un discurso apegado a la visión del mundo de las clases hegemónicas.
Para hablar de San Jerónimo, la llegada formal del sistema escolarizado se da en 1961 con la construcción de la escuela primaria Miguel Hidalgo. Recuerda un informante: “Entre todos fuimos construyendo la primaria, jalábamos piedras, costales, varillas, de todo, hasta las mujeres ayudaban, pues todos queríamos que nuestros hijos tuvieran las oportunidades que nosotros nunca tuvimos”.
La mayoría de las personas con las que platicaba sobre el tema mostraban gran optimismo. Decían que había sido algo muy bueno para la comunidad. Sin embargo, el resultado fue un poco contrastante, en tanto que permitió la castellanización y la escolarización de la población, es decir, la adopción de un discurso ideológico en el que lo indio era sinónimo de ignorancia. A pesar de ello y de la nostalgia por la pérdida de costumbres, el abuelo de la casa donde me alojé solía decirme al despedirnos: “Échale ganas a los estudios, tú que tienes oportunidad, nosotros nunca la tuvimos, esa es la mejor herencia. Nuestros papás nunca nos dieron estudio”. A esto su esposa, la abuela, agregaba: “Como pudimos les dimos estudio a nuestros hijos; nuestros papás fueron unos tontos”.
El hijo mayor de este matrimonio, quien es profesor de educación indígena bilingüe, me comentaba repetidas veces que dentro de la primaria no se les permitía, ni a él ni a sus compañeros, hablar en náhuatl; les llamaban la atención e inclusive, en algunas ocasiones, los castigaban. El mayor problema, de acuerdo con sus apreciaciones, era la “comunicación” que mantenían los padres con los profesores, pues no se entendían y difícilmente podían saber qué era lo que se estaban diciendo los unos a los otros.
Aunado a esto, hubo una modificación en cuanto al aprovechamiento del tiempo. Una de las principales características de la vida en las comunidades indígenas es la participación de los jóvenes en el cuidado de los animales, la cosecha y la siembra, la venta de productos, la elaboración de artesanías, la ayuda en la preparación de alimentos, el cuidado de hermanos menores, la recolección de alimentos y la colaboración con las diversas faenas o trabajos colectivos y comunitarios. Todo esto se vio afectado, pues el tiempo que se le dedicaba a los estudios reducía considerablemente la participación en dichas actividades, con lo cual se fue perdiendo toda una serie de conocimientos sobre el sistema de vida indígena.
Educación bilingüe
A pesar de esto, y bajo la idea de progreso, se fueron construyendo otros centros escolares. Así, entre los años setenta y ochenta se funda el kínder, la secundaría, la preparatoria y, finalmente, el kínder y la primaria bilingüe. Para mediados de los años ochenta comienza la edificación de los centros de educación bilingüe, los cuales, en un principio, fueron recibidos de mala gana por algunos sectores de la comunidad. Al respecto, comenta un habitante del lugar: “No, pues la gente no quería que se enseñara el náhuatl, decían que era preferible inglés, que para qué si ya ni se hablaba, que no serviría de nada”. Por ello, en el lapso de cinco años la escuela primaria Kuaujtemok tuvo que cambiar de instalaciones en cuatro ocasiones, debido a los múltiples problemas que tenía con la comunidad. La palabra bilingüe, de acuerdo con algunos informantes, era utilizada de manera despectiva, como un insulto que reflejaba la manera en que el discurso ideológico hegemónico del Estado había operado: lo indio seguía remitiendo a ser pobre e ignorante. Esto, aun cuando la instauración de la educación bilingüe venía como política pública, ahora encaminada no a la destrucción de lo indígena sino a su conservación.
Inclusive en algunas pláticas, varios de los docentes del sistema educativo indígena mencionaron que aún hay personas que prefieren inscribir a sus hijos en las otras escuelas, pues consideran que es mejor que aprendan inglés en vez que náhuatl. “Ven como un retroceso que se les enseñe una lengua indígena”, comenta un profesor.
A estos centros de educación indígena asistieron el hijo menor de los abuelos y el hijo mayor del profesor bilingüe. Es interesante escuchar la experiencia de estos dos actores sociales, ya que muestran de nueva cuenta que no se ha roto con esa escolarización hegemónica. Si bien el objetivo de la educación indígena bilingüe es el rescate de las lenguas autóctonas, en este caso particular no se ha logrado. Aun cuando varios de los miembros de un mismo núcleo familiar sean docentes de educación indígena —como en la casa del profesor, donde además su esposa y su hermana se dedican a la enseñanza—, lo cierto es que éstos no utilizan el náhuatl para comunicarse entre sí. De hecho, únicamente recurren a él cuando hablan con los abuelos. Así, por ejemplo, el cuñado del profesor se molesta cuando le hablan a sus hijos en náhuatl. De este modo, tanto el hijo menor de los abuelos como el hijo mayor del profesor dicen que sí entienden el náhuatl pero lo hablan muy poco.
Lo cierto es que estos dos personajes mantienen una posición crítica ante el tema del desuso del náhuatl. En varias ocasiones, cuando les he preguntado por qué consideran que la gente de su edad —24 y 15 años— no utiliza el náhuatl, refieren que unos no lo saben y que a otros les da pena. Sin embargo, consideran que “es una lástima que se haya perdido porque es simplemente nuestra forma de comunicarnos” (palabras del hijo menor de los abuelos).
Es importante resaltar que, en cuanto a su sistema de vida y aspiraciones, éstas se encuentran muy alejadas de lo que podría considerarse como tradicionalmente indígena. Pues el hijo menor de los abuelos al principio tenía interés en la antropología y, más recientemente, en adquirir un trabajo aduanero. En cuanto al hijo mayor del profesor, quisiera dedicarse a formar una banda de rock o a la economía, pues considera que un tío suyo, que tiene un puesto político en Michoacán, le ayudaría a conseguir un puesto relacionado con el segundo de sus intereses.
Es precisamente en este último personaje donde se hacen más evidentes las confrontaciones generacionales. A sus padres no les parece muy bien la forma en que se viste y se comporta: “con sus pelos parados parece un vaguito, piensa como si estuviera en la ciudad y no se da cuenta que vive en un pueblo”, comenta su mamá. Él se molesta cada vez que su madre se expresa así y argumenta que no es ningún “vaguito” simplemente por vestirse así.
Por la carretera…
En cuanto a la construcción de carreteras, que es otro aspecto importante de la propuesta de Aguirre Beltrán, en la conexión de los pueblos indígenas con un centro rector se pierden y se modifican algunas particularidades de sus sistemas socioculturales, especialmente en el campo laboral, que va ligado con el educativo. Se piensa que mientras más grados educativos institucionales se tengan, las actividades laborales se van modificando. En cuanto a las políticas desarrollistas, se suponía que al brindarles a los grupos indígenas un sistema educativo podían mejorar su calidad de vida, por tener más oportunidades laborales que los llevaran a obtener mejores ingresos.
En San Jerónimo, por un lado, las nuevas generaciones lograron ampliar sus dinámicas laborales separándose del ámbito agrícola pero, por otro, se produjo un abandono del campo y, con ello, de todo un sistema de vida a través del cual las comunidades indígenas habían logrado subsistir sin depender de la compra de alimentos. De acuerdo con datos del XII Censo General de Población, la población económicamente activa en San Jerónimo es de 1 469 personas, de las cuales 265 se ubican en el sector primario, 454 en actividades del sector secundario y 673 en el terciario. Como menciona Enrique Carreón Flores, pese a lo irregular de los datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), existe una tendencia que señala la disminución de la práctica agrícola ante nuevas formas productivas, sobre todo aquellas que integran a los habitantes a las actividades industriales que supone un desarrollo capitalista.
Además, con la construcción de carreteras se va diluyendo en las nuevas generaciones el conocimiento que ancestralmente se tenía en cuanto a las rutas que conectaban a San Jerónimo con otros poblados, y con esto, los nombres de caminos, plantas, semillas y animales, es decir, de toda una dinámica sociocultural que estaba basada en el comercio y las relaciones sociales. Por estas rutas caminaba el abuelo para vender su mercancía:
Me despertaba bien temprano, como a las cuatro de la mañana, y armaba una mula y me iba a vender leña, carbón, semillas o fruta. El precio variaba de acuerdo a las distancias. Uno llegaba a vender y ahí le compraban, dependiendo de lo que llevara. Se medía por el cuartillo, nos pagaban y otros nos ofrecían agua, café o pulquito. Regresaba a la casa como a la una o antes. Uno sabía bien con quién vender; luego hasta nos hacíamos compadritos.
Conforme se fueron dando en el pueblo la construcción de carreteras y la instalación de servicios de transporte público, las relaciones comerciales comenzaron a expandirse hasta llegar al mercado de Texcoco y Chiconcuac, y a los de la Merced y de Jamaica, en la ciudad de México. Esto definitivamente influyó en la castellanización de los pobladores del lugar. De acuerdo con el profesor bilingüe, la gente se burlaba de cómo hablaban y se referían a ellos como gente del monte. Esto motivó que muchos de ellos dejaran de utilizar el náhuatl y que dejaran de enseñárselo a sus hijos. De este modo, el contacto con los centros urbanos influyó en varios sentidos en la comunidad, por ejemplo, en la vía comercial y laboral, modificando las aspiraciones de vida de los habitantes de San Jerónimo.
En el aspecto comercial, comenzaron a aparecer pequeños negocios, principalmente papelerías, peluquerías, sitios de internet, tiendas de ropa, de regalos, de abarrotes y carnicerías. Anteriormente, la actividad textil en el pueblo era de gran importancia en cuanto al trabajo artesanal; las mujeres bordaban blusas, colchas, faldas y fajas para su uso propio. En la actualidad, esta es una profesión con tintes maquiladores que se organiza a través de los centros textileros domésticos en los que grupos de familias trabajan para vendedores de Chiconcuac, quienes pagan por prenda una cantidad insignificante pero la venden a un precio mucho mayor.
En el aspecto laboral, hubo un abandono de las tareas agrícolas. Muchas de las personas con las que tuve contacto me comentaban que a los jóvenes ya no les interesaba el campo. Y cuando le preguntaba a los jóvenes sobre esto, respondían que se les hacía muy pesado, que se tiene que invertir tiempo y que no se gana mucho dinero. Simplemente preferían dedicarse a otra cosa, como a ser comerciantes, albañiles, profesores, funcionarios al servicio de alguna dependencia gubernamental en Texcoco o en la ciudad de México. Por ejemplo, el profesor bilingüe, a pesar de tener la propiedad de algunos terrenos de temporal, así como unos cuantos animales, no tiene tiempo para trabajarlos; quien le ayuda con eso es su papá. Su trabajo le impide dedicarle tiempo a esta actividad.
El hijo menor de los abuelos trabaja desde hace tres años en una tienda de autoservicio en el centro de Texcoco, y tampoco tiene tiempo para el trabajo agrícola. El hijo mayor del profesor bilingüe trabajó como empacador en Texcoco, aunque sólo aguantó unos cuantos meses, y ese ha sido el único empleo que ha tenido. Sin embargo, aunque dispone de tiempo para realizar algunas tareas agrícolas pocas veces las lleva a cabo, y cuando las que hace, se ocupa únicamente de la compra, engorda y venta de animales. El resto de su tiempo se lo dedica a sus amigos y a estar conectado en la red, conversando o “bajando” música.
Finalmente, la construcción de carreteras contribuyó no sólo al desuso del náhuatl, sino de todo un sistema sociocultural que giraba en torno a la actividad agrícola. En las nuevas generaciones, estas transformaciones se observan en sus formas de comunicarse, de vestirse y de socializarse.
Homogenización hegemónica
El caso de San Jerónimo Amanalco nos muestra los efectos que tuvieron las políticas desarrollistas del Estado mexicano. En la búsqueda de los mecanismos que permitieran sacar a los grupos indígenas de su marginalidad, encontraron en la educación y en la construcción de carreteras dos vehículos indispensables para esa tarea.
El desuso de las lenguas indígenas y el abandono del trabajo agrícola han provocado modificaciones en los sistemas socioculturales. El hecho de que los jóvenes sean vistos por las personas de edad avanzada como “gente sin respeto” se traduce en que aquéllos ya no hacen las cosas de acuerdo con sus costumbres, es decir, en cuanto al “deber ser”.
La política desarrollista empleada por los indigenistas, principalmente en educación, formaba parte de un discurso hegemónico que buscaba la homogenización de una cultura nacional. Desde las Casas del Pueblo hasta la educación indígena y bicultural, las políticas educativas siempre tuvieron como fin último el desarrollo de los grupos indígenas en los términos de una sociedad capitalista occidental. Se olvidó que ha sido esta misma sociedad la que ha sentenciado a los conjuntos sociales no occidentales a la explotación y a la subordinación.
Finalmente, se debe decir que lo ocurrido en San Jerónimo Amanalco es también la historia de muchas comunidades indígenas, que han visto cómo a lo largo de su andar sus sistemas de vida se han ido desdibujando. Por ello, quizá valdría la pena preguntarnos si acaso no nos encontramos aquí frente a una forma de etnocidio.
• Estudiante de la Maestría en Antropología Social del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana, ciudad de México.
Bibliografía
Pérez Lizaur, Marisol, Población y sociedad: cuatro comunidades del Acolhuacán, INAH, México DF, 1975.
Aguirre Beltrán, Gonzalo, El proceso de aculturación, FCE, México DF, 1992.
Iván Illich, La sociedad desescolarizada, Joaquín Mortiz, México DF, 1985 [1978].